Los murales del Gridas
Ya que nos hemos hecho conocer sobretodo haciendo murales, henos aquí nosotros también, con algunas consideraciones sobre nuestra experiencia, nuestras motivaciones, lo que hemos aprendido.
La periferia en que vivimos es una enorme extensión de casas, edificios de trece pisos, alineados a lo largo de autopistas de dos carriles, que alejan y aislan habitantes y edificios antes que unirlos. Entre las casas populares hay también casas en cooperativa, diferentes en la razón económica de la construcción pero no en el aspecto. Aquí y allá una escuela, circundada de cercas de cemento armado con rejas, una connotación más apta a un cárcel que a un lugar de agregación libra y viva... Un par de iglesias, también de cemento armado. Un par de mercados de barrio, construidos y abandonados desde hace muchos años, en la espera de una improbable apertura. Los espacios libres entre los edificios, construidos en base a la ley urbanística “167” se han llenados, después el terremoto de 1980, de otras fábricas de casas, algunas en forma de torre, otras, más bajas, en forma de cinta. Hay también un gran parque comunal, finalmente inaugurado, después de diez años de gestación, junto a las bien famosas “velas”, las casas populares en forma de pirámide, que se han revelado después insoportables y en vías de derribo y de reestructuración. Por el otro lado de la carretera de conexión con los comunes vecinos hay un nuevo cárcel, ésto también un caserón a cuadraditos blancos y gris, con relativa cerca. No hay cinemas, ni lugares de agregación, ni otros destinos de edificios. La inhumanidad de la configuración es acentuada de cercas y cancelas que, en protección de los ladrones y de los “extraños” en general, los habitantes mismos han dispuesto en defensa de sus propiedad: una suerte de autoencarcelamiento.
El deseo de cambiar el mundo, de estimular una comunicación humana, de abatir las barreras ha sido por nosotros el estimulo, no pudiendo abatirlas en la realidad, por abatirlas simbólicamente pintándolas: se utilizaban así las barreras como soporte de un discurso figurado: los muros pintados.
Hay en los habitantes la exigencia de una recuperación de propia identidad, con el riesgo de perderse en el hormiguero de las enormes construcciones, testimoniada de la pintura del muro de propio balcón o de algunas modificaciones del aspecto exterior que marque la casa también desde lejos; hasta luces de diferentes colores que transforman al atardecer las enormes fachadas en una suerte de paneles electrónicos gigantes, espaciados de las hileras verticales de las ventanas iluminadas de escaleras y baños (todos los habitantes han llegado aquí de otro lugar, habiendo obtenido la casa después de años de espera en otro lugar, y entonces el barrio no tiene una identidad histórica; la pintura de los muros contribuía también en definir una que otra identidad del desierto poblado). Los únicos lugares de agregación laicos y públicos son las escuelas, pero también las escuelas, sea por el aspecto exterior, cercas y verjas, sea por lo que se realiza al interior, no son realmente percibidas como lugar de comunicación humana viva y participada: más lugares de tormento que de alegría, como testimonia la elevada “evasión escolástica”.
Pintar con los chicos los muros de la escuela ha significado entonces reconciliarlos con la institución, dejarla sentir a ellos como propia, concluir un recorrido didáctico representando al externo, en perenne exposición, para exigir una respuesta, una reacción de los transeuntes, restituir un sentido al hacer pintura y dibujo, no como ejercicio gratuito finalizado solo para la obtención de un juicio del profesor, sino como instrumento de comunicación eficaz.
Significa todavía invertir el lugar común que las estructuras públicas “no son de nadie” así que pueden ser abandonadas a la ruina, sino testimoniar en los hechos que en cambio ellas pertenecen a todos, y entonces son dejadas al cuidado de cada uno.
Significa destruir la imagen de las escuelas como lugares misteriosos y separados por hacerlas en cambio lugares abiertos a la participación de todos, donde se elaboran y se transmiten valores y hipótesis de nuevas realidad.
Significa realizar una experiencia viva y significativa, y por esto a contar, se reconciliando así con la escritura para producir textos explicativos a difundir, restituyendo así significado al escribir: escribir para comunicar, y no para hacer un “ejercicio” estéril.
Significa dejar prorrumpir las escuelas al externo, realizando un laboratorio de pintura que interese más personas, favoreciendo la colaboración y la socialización.
Cierto se trata de alusiones a una diferente modalidad de hacer escuela, que van acogidos y realizados en la praxis cotidiana. Si, al contrario, después de haber pintado el muro, todo vuelve como antes, y la escuela vuelve a ser un lugar angustioso de marginación y persecución, cierto el trabajo hecho tendrá bien poco efecto; se habrá lanzado una piedra en el agua estancada y el recuerdo de la experiencia, en los chicos que aquel día han venido en la escuela al contrario de hacer novillos podrá ser un estímulo para pensar y para exigir una escuela diferente, más atenta en sus exigencias.
En el transcurso de los años nuestra intervención se ha extendido de los muros de nuestra periferia a otros muros, también lejos en el espacio, de Reggio Calabria hasta Trento, llamados de cuantos, habiendo sabido de nosotros, querían hacerse más visibles a través un mensaje pintado, más durable que una manifestación fugaz, o en cualquier caso limitada en el tiempo. Así el número de nuestros murales ha crecido en el tiempo, hasta a superar abundantemente el centenar. Grupos, asociaciones, movimientos han pintado junto con nosotros en las superficies más diferentes: muros lisos y bien conservados, enlucidos “arañados”, bloques brutos de toba, bloques de roca volcánica, paredes de roca, planchas onduladas, cemento armado, paneles prefabricados, paneles de aglomerado, pancartas de tela...cada superficie un resultado diferente, por las diferentes características del soporte, y una cantidad de anécdotas y chistes, entusiasmos y incomprensiones, atenciones y borraduras, por obra de los mismos “comisionistas” improvisamente asustados de su audacia o temerosos de críticas. Hemos verificado así que, a pesar de un analfabetismo visivo difuso como imprevisible y de la dificultad de expresarse de manera inequívoca, sin ambigüedad, el pintar los muros permitía de comunicar más eficazmente que con tantos discursos. Lograba también “molestar”, y lo hemos experimentado durante el cumbre de los “G7”, en 1994, cuando uno de nuestros murales fue enteramente borrado con papel blanco encolado, y otro intentaron impedir que se realizase.
Así entonces los murales llegan a ser la voz de los que no tienen voz porque no tienen acceso a los media y no tienen a disposición ni un canal TV. Entonces el hecho mismo que son realizados con pobreza de medios (pinceles y pintura lavable) ya le connota, desde lejos como idiomas diferentes del oficial, que por esto captan la atención.
Esto para dejar acercar los distraídos; después, más de cerca, se desarrolla un discurso que puede ser “leído” con más atención. Hay las figuras más grandes, a voz alta, y aquellas más pequeñas, susurradas; agregaciones insólitas de elementos diferentes, alteraciones de dimensiones. Algunas formas no son quizás inmediatamente comprendidas y se pregunta de ellas qué significan, pero esto también es importante: despertar la curiosidad, turbar, sembrar inquietud, ya que no hay una perspectiva cierta y fascinante por todos, pero hay el riesgo de ser todos uniformados en el modelo dominante, y oficial, impuesto de los media, el homo teleutens, el hombre que piensa TV. He aquí entonces el hombre con el televisor en vez de la cabeza, que condensa en una figura la denuncia y la crítica.
Quizás un poco pretenciosamente hemos titulado el libro sobre nuestros murales La utopia en los muros. Cierto, no se puede cambiar el mundo con un pincel, ni más nadie ha hecho una revolución porque “convencido” por una pintura. Pero la representación en un muro, constantemente visible, de una perspectiva diferente de la que tenemos en nuestras narices o que no tenemos en absoluto, si turba, provoca, incita, ya es algo: un ayuda, una invitación a quien está descontento, como nosotros, a unirse para luchar en cambio de aislarse para recriminar y quejarse. En la esperanza que un día se logre unirse en cambio de pelear y todos juntos cambiar las cosas.
Ésta es nuestra esperanza: siempre más difícil de mantenerse viva cada vez que se mira alrededor, pero sobrevivida. El paso sucesivo será lo de pasar de las pinturas a la realidad. En algunos de nuestros murales hemos pintado imágenes de personas verdaderas que salivan de ilustraciones de libros, para representar la relación viva entre la “cultura” y la vida, pero en la realidad el paso no es tan fácil ni adquirido, ni está dicho que hay que partir de los libros y de las imágenes.
Y, en todo modo, en la espera que se logre partir, no es del todo sin sentido alegrar, al menos, la espera con un poco de color en las paredes de nuestro cárcel cotidiano.
Es una operación que procura alegría, en nosotros y en los otros, y esto hace más aceptable la vida: es un acto de amor, impagable!
Felice Pignataro – GRIDAS
Del libro: «MURALES - il canto dei muri - voci della storia, delle proteste e delle culture»
(«MURALES - el canto de los muros - voces de la historia, de las protestas y de las culturas»)
al cuidado de Alberto de Simone y Emanuela Patella.
ARCI Génova - Proyecto Intercultura.



